Se nos pidió una entrada sobre la gente con quien coincidimos en el camino, la primera caminata. La verdad es que yo no crucé con mucha gente. Como describí en la última bitácora, pasé mucho tiempo con el grupo y con mis amigas, una cosa que en este momento me hacía falta, y lo agradezco mucho. Pero es cierto que sí hemos coincidido con gente a lo largo del camino. Aquí voy a intentar recordar algunos memorables.
La más graciosa era la mujer en Burgos de Ranero. Nos animaba desde que llegamos al hostal. Ella era una mujer super-feliz pero de una vida sencilla. Nos sacó unas fotos y ojala que tuviera una foto de ella, intentando sacar fotos con la camera al revés… 3 veces! ¡Qué buena manera de empezar la caminata!
Luego, justamente al empezar el camino nos cruzamos con tres hombres del pueblo. No entendí la mitad de lo que nos habían dicho pero era obvio que intentaba animarnos que les gustó ver un grupo de jóvenes haciendo el camino. Tienen orgullos de su pueblo y el hecho que forma parte de algo cultural tan importante en España. Por cierto, uno de ellos llevaba una sudadera de un casino de Las Vegas, creo. Jaja!
Después de cruzarnos con ellos no coincidimos con nadie por mucho rato. Parecía el camino y nosotros, lo cual me daba una sensación de libertad increíble. Aún pasamos por un pueblo sin cruzar con nadie.
Con mucha hambre después de caminar unas horas decidimos pararnos a comer. Llegamos un poco pasado la hora de comer. Imagino que sí éramos una vista extraña, seis chicas guiris con mochilas más grande que ellas mismas, pero por ser en el Camino no podía haber tan extraño. De todas formas la gente de Mansilla parecía poco abierta. ¡Nadie quería darnos de comer! Por fin vimos un bar en el camino y entramos. El hombre de este bar, en cambio, era muy amable y también nos animaban a seguir el camino. Igualmente, había un matrimonio de ancianos en el bar que también era muy interesado en nosotras (aunque no nos entendimos bien.) Esta experiencia, de alguna manera, nos renovó.
Continuamos el camino buscando las flechas amarillas, pero claro, ya era hora que nos despistamos. Yo juro que seguimos las flechas amarillas, y que uno de los “artistas” jóvenes españoles había pintado flechas para confundirnos, pero en todo caso nos perdimos un poco. Con suerte encontramos a una mujer en el camino, quien con gusto nos enseñó la ruta correcta. (Y, por cierto no estábamos muy lejos de la ruta.)
A atardecer llegamos al albergue donde quedamos la segunda noche. Era nuevo y muy chulo. Algunos de nuestro grupo habían coincidido con los dueños de ese albergue más temprano en el camino. No nos hablamos muchísimo pero eran muy simpáticos. No había muchos peregrinos en el albergue pero los que quedaron allí esa noche eran muy interesantes. Conocí a un hombre, Salva, de aspecto un poco raro, pero de todas formas un hombre simpático con quien nos cruzamos varias veces a lo largo del camino. También conocí a un equipo de padre e hijo. El hijo, Andrés, tenía 16 años, más o menos, y aunque me parecía un joven completamente normal, su comportamiento y la relación que tenía con su padre no eran nada típico de esa edad. Andrés hacía el camino para encontrase y su propio camino para la vida. El padre tiene 8 hijos y hace el camino con cada uno. Su manera de hablar sobre su familia era tan tierna y llena de amor que me llenó el corazón de paz. Esos dos me impresionaron mucho.
El día siguiente empezamos de nuevo el camino de las flechas amarillas, siguiéndolas esta vez con más cuidado. No nos hacía falta mucho camino ese día y casi no coincidí con nadie notable en todo el día. Había un viejo en el camino buscando conejos en la mala hierba al lado del camino balbuciendo algunas palabras incomprensibles a nosotros. También Kristina y yo paramos para usar el baño de una concesión de coches. El dependiente allí nos dejo usar el baño a costa de algunas preguntas amables. (¿De dónde éramos? ¿Cómo nos parecía España? ¿Qué tal iba el camino?) Se despidió de nosotros con un fuerte “buen camino.”
Por fin, llegamos a León. En León las primeras personas notables con quienes tuvimos contacto eran las del albergue de las monjas. Como se puede esperar todas eran muy amables y muy interesadas en conocernos. Pilar, la mujer que estaba encargada del albergue ese fin de semana, nos contó muchas cosas. También ella y la monja encargada del albergue (desafortunadamente no me acuerdo de su nombre) nos invitó a una oración especial para los peregrinos. Esta experiencia era buenísima. Hicimos las oraciones de la noche con todas las monjas del monasterio y participamos como una parte integral de ella. Era una experiencia muy plácida, perfecto para acabar la noche.
En el albergue conocimos a muchos otros peregrinos. Esta vez había mucha mas gente en el albergue. Es interesante como cada uno tiene su propio motivo para hacer el camino y me sorprendió la cantidad de peregrinos que hacía el camino solo.
Ahora bien, tuvimos otras experiencias menos amables, sobre todo en los restaurantes. Por ejemplo, el camarero malhumorado que pensaba que con una mesa de guiris podía aprovecharse de nosotras. ¡Cómo cambio la tocada en cuanto llegó Pedro a sentarnos con nosotros y se enteró que sabíamos perfectamente hablar y entender español! Pero no hace falta recordar a esa gente maleducada, son pocas pero están en todas partes. Además, nos encontramos más con gente interesante y amable.
Así era mi experiencia con la gente en el camino. Hay de todo en el camino igual como hay de todo en el mundo. Lo importante es buscar lo bueno disfrutar las experiencias de la vida con ello.